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Isabel García Lorca



Las flores del romero,  

                                                                      niña Isabel,                     

                                                              hoy son flores azules 

                                                             mañana serán miel. 

                                                                                                                            F. G. Lorca.  


La lectura del libro “Recuerdos míos” supone, además de intensos momentos de emoción y disfrute, la posibilidad de adentrarse en el conocimiento de una mujer granadina singular como lo fue, sin duda, Isabel García Lorca, la hermana menor de nuestro universal poeta. Sus recuerdos, hilvanados en este libro a través de su memoria, nos ofrecen la posibilidad de entrar en contacto con un relato apasionante de hechos referidos a la historia de Granada y de España, en el primer cuarto del siglo XX. Son reflexiones sobre vivencias en primera persona que escribe, desde la distancia y la madurez, a partir de 1984, en su despacho de la Fundación Federico García Lorca en la Residencia de Estudiantes en Madrid. 

Nacida en Granada en 1910, en el seno de una acomodada familia de agricultores, la cuarta hija del matrimonio García Lorca (Dª. Vicenta y D. Federico) vivió una infancia rodeada del cariño y atención de los suyos, muy en especial de Federico, 12 años mayor que ella. Con él, con Concha y con Francisco, compartió juegos, música, cuentos, teatro y alegría en aquella casa tan querida y recordada de la Acera del Darro 60, en la de la Acera del Casino, en La Huerta de San Vicente o en la de los veraneos de Valderrubio. 


Recuerda Isabel, con gratitud y nostalgia, sus vivencias infantiles, su familia, las personas vinculadas al servicio de la casa, muy especialmente a “Dolores la colorina” por quien -dice- “sentía, una gran adoración”, sus tías y primos y demás, personas allegadas, tanto de Granada como de los pueblos de la Vega que, visitaba en los veranos.  

Las visitas de artistas, músicos, poetas, pintores y demás amigos de Federico, eran frecuentes en aquella casa, e Isabel creció inmersa en un ambiente cultural de excepción. Recuerda la presencia de D. Manuel de Falla en las fiestas de Navidad y, sobre todo, la representación del Auto de Reyes Magos del año 1923, o el concurso de Cante Jondo de junio de 1922. En su visita a Granada, Juan Ramón Jiménez, fue también huésped de la familia Lorca, y, tras una visita a la Alhambra acompañado de la pequeña Isabel, la describió como “Hadilla del Generalife”.  


La Universidad de Granada acoge en 1930 a una joven Isabel para cursar estudios de Filosofía y Letras. El camino a la Facultad, por la calle Mesones, refiere hacerlo acompañada de muy pocas compañeras pues entre aquella burguesía granadina, que tan poco gustaba a Federico, no estaba bien visto que las chicas realizaran estudios universitarios “…compartiendo banco con los estudiantes”, según una expresión despectiva de algunas señoras de buena posición. Recuerda a algunos de sus profesores de entonces, especialmente a D. Emilio García Gómez, a quien califica como magnífico profesor. 


En 1933, la familia decide instalarse en Madrid y allí Isabel continúa sus estudios universitarios, estableciendo, además, contacto con personas vinculadas a la Institución Libre de Enseñanza como Gloria Giner, Fernando de los Ríos y su hija Laura, con quien mantendrá una intensa amistad. Profesores de esta época como Jorge Guillén -dice- afirmaron y refinaron su gusto por la poesía. Terminada su carrera trabajará como profesora en el Instituto Escuela perteneciente a la Institución Libre de Enseñanza, con cuyas ideas se sentía totalmente identificada. 


La muerte de Federico la sorprende en Madrid, viviendo los inicios de la guerra en casa de D. Fernando de los Ríos. Este trágico suceso marca el antes y el después en la vida de Isabel y de toda la familia. Le tocará vivir un largo y doloroso exilio primero en Bruselas junto a su hermano Francisco, y más tarde, en New York, acompañada de la familia de Fernando de los Ríos hasta la llegada, en 1940, de sus padres y su hermana Concha. En New York ejerce como profesora de Lengua Española en Middlebury College. Los años vividos en el exilio, lejos de su casa granadina, de sus amigos y familiares y con el recuerdo constante del hermano asesinado, son para Isabel los peores de su vida. Al exilio ella prefiere llamarlo destierro, recordando la frase de Unamuno: “Destierro es la expresión más justa para describir lo que es vivir en vacío: sin entender 

lo que pasa alrededor, sin saber lo que va a ser de uno. Estar sin tierra es el vacío mismo".

En New York permanecerá hasta su vuelta a España en 1954. Es en ese año cuando realiza una visita a Fuente Vaqueros donde, con palabras sensibles y emotivas, nos acerca, al poeta desaparecido, que tanta influencia ejerció en ella desde su infancia. Dice así: 

“Cuando volví a nuestro pueblo de la Vega en el año 1954 fue tal la emoción que sentí, que me quedé sin voz durante veinticuatro horas.  (…) La gente, como apariciones, salía de sus casas, no me decían nada, cualquier palabra habría sido vana, sencillamente me besaban o me tocaban, como el que adora a una reliquia. (…) Nunca olvidaré este paso por el pueblo de mi infancia. Yo misma me sentí pasado y recuerdo de algo acabado”.  

 

Documentos: 

Enrique Fernández de Piñar; Escritores Granadinos…(37) 

[M.C.G.J.]

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