Doña Paquita, como era conocida, nación en
Granada en 1910, y falleció también en esta ciudad en 1971. Ella y su familia
están en el origen de la única escuela laica de Granada, que se sitúa en la
segunda década del siglo XX. En ese tiempo, la familia se instaló en el caserón
del número 15 de la calle Enriqueta Lozano de Granada y años más tarde se
trasladaría a Los Hotelitos de Belén. Allí
se inicia la actividad docente de doña Paquita, junto a su madre, mujer
inteligente, sensible, culta, amante de la música y sobe todo de la educación
infantil. Mujeres valientes, trabajadoras, adelantadas a su tiempo.
Es la Academia-Colegio Ntra. Sra. del
Carmen, donde se imparten clases y donde generaciones de niños y niñas de
Granada, juntos, recibirían una formación en conocimientos y valores en lo que
años más tarde se llamaría coeducación. Se atendía con especial interés a los
hijos de familias con pocos recursos. Sobre todo, a las niñas con capacidad de
aprendizaje, niñas listas, para que no abandonasen las clases por falta de medios.
Cuando “la señorita Paquita”, como se la
conocía, obtuvo el título de maestra en 1934, se había formado bajo las
influencias de las corrientes pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza,
de la Escuela Moderna de Ferrer y Guardia y de la Escuela Unificada del Partido
Socialista.
Al producirse la depuración de los
maestros y maestras republicanos y ser desposeída de su título en 1937, se
incorporó a las clases en la academia que regía su madre, para atender a los
alumnos de bachiller. Más tarde se les uniría su marido, Antonio Pérez Funes
(Soportújar, Granada -1902-1969) también inhabilitado para el ejercicio de la
abogacía por su condición de abogado de UGT, y articulista y corresponsal de
varios periódicos de la época. Los sublevados le detuvieron y encarcelaron en
el penal de Burgos, hasta 1943 que fue liberado.
Fueron muchos los alumnos y alumnas que se
formaron allí, cuya enumeración sería muy larga, y entre ellos me permito citar
a Tica Fdez.-Montesinos García Lorca, Antonina Rodrigo; insignes médicos como
Gª Puche, los hermanos Hernández Meyer, José A. Mesa Segura, los hermanos
Fornieles Pérez entre otros muchos.
En el libro Mujer Franquismo y
represión: una deuda histórica, escrito por Ángeles Égido y 17 autores más,
entre los que se encuentra Elisa Pérez Vera, jurista de reconocido prestigio e hija
de don Antonio y doña Paquita, ésta dedica un capítulo al estudio de la
depuración de docentes bajo el franquismo, en cuyas páginas aborda la poco
conocida historia de las maestras represaliadas durante, y después de la guerra
civil, y como no, también se refleja la represión que se ejerció sobre su madre.
En estas páginas, Elisa Pérez Vera, nos da testimonio de la obsesión de los
sublevados por el tema educativo y por el control de sus profesionales, basta
con leer las palabras que reflejan la aversión de estos hacía de los docentes,
y dice:
“La II República, apoyándose en buena
medida en el ideario del socialismo histórico y de la Institución Libre de
Enseñanza, apostaría resueltamente por una mejora cuantitativa y cualitativa
del sistema educativo, que los insurgentes pretendían revertir en lo actuado,
junto con una severa depuración de todos los docentes afines a la República...
llegan a definir esta tarea represora como: “sagrada misión...que no solo tiene
carácter punitivo, sino también preventivo”. Más adelante podemos leer que,
a estos profesionales, los vencedores los consideran: “hijos espirituales de
catedráticos y profesores que, a través de instituciones, como la llamada Libre
de Enseñanza, forjaron generaciones incrédulas y anarquistas”.
Otra pincelada ilustrativa de la obsesión
del franquismo por erradicar de la educación la extensión y mejora que
significaron los cambios introducidos por la II República, queda claramente
expresada en las palabras pronunciadas en Cortes, en 1943, por el Ministro de
Educación José Ibáñez Martín, que dice: “Lo verdaderamente importante, desde
el punto de vista político, es arrancar de la docencia y la creación científica
la neutralidad ideológica, y desterrar el laicismo, para formar una nueva
juventud poseída de aquel principio agustiniano de que mucha ciencia no acerca
al Ser Supremo.
Doña Paquita fue una mujer ejemplar, víctima
de los años oscuros de la represión franquista, siendo separada de su plaza de
maestra por “decirse socialista, de ideas peor que su esposo, el extremista
Antonio Pérez Funes, parece que asistía a todas las manifestaciones de índole
extremista”. Corría 1937 cuando fue separada del servicio por “simpatizante
del Frente Popular (...) por ser de Fernando de los Ríos (...) por “haber
acudido a mítines (...)” si bien en el informe que acompaña al expediente
se reconoce por el presidente de la Comisión Depuradora encargada del asunto,
“que nunca manifestó opiniones políticas en la escuela (...) ni en público”.
Dadas las circunstancias de la época, y
pese a reconocer explícitamente que no había nada reprobable en su
comportamiento, el 7 de junio de 1937 fue dada de baja definitiva en el
escalafón de maestros nacionales.
De forma ilustrativa comento que, dentro
de los requisitos exigidos en este tipo de expedientes de depuración, había que
incluir necesariamente, informes del Alcalde, del Cura párroco, del
Comandante de la Guardia Civil del puesto
y de un padre de familia bien reputado, del lugar donde radique la escuela. Así
eran las cosas.
Doña Paquita era una maestra heredera de
los principios de la Institución Libre de Enseñanza, una maestra que dedicó su
vida a una escuela que sobrevivió a la Guerra Civil y a la Dictadura y que
durante décadas impartió una educación igualitaria, rica en contenidos, que
contribuyó de forma silenciosa a la formación de personas, individuos únicos e
independientes, en un momento en que la educación estaba dominada por la
ideología del régimen. Los alumnos que pasaron por sus aulas recibieron una
educación que era heredera y continuadora de los principios de la Institución
Libre de Enseñanza.
Doña Paquita tenía en su persona, en su
manera de enseñar y educar, los valores de los maestros de la II República. La
escuela de los Hotelitos de Belén era un oasis en esos años de omnipresencia
del nacionalcatolicismo en todos los ámbitos de la vida.
María Lejárraga definió como debían ser
las personas libres e independientes y dijo:
Uno más uno, más uno, más uno... Un
individuo más otro, más otro, más uno, más uno... No quiero cientos, no quiero
miles, no quiero millones, ¡no quiero ceros¡ Los ceros a la derecha o a la
izquierda no sirven para nada en las agrupaciones humanas... un individuo más
otro, más otro! Y cuanto más individuo, mejor. Completo, distinto, perfecto si
es posible. Nada de haces, ni de gavillas, nada de rebaños. Uno y otro y otro
unidos estrechísima y exclusivamente por el signo más…
La escuela de doña Paquita, contribuyó
durante décadas a hacer de sus alumnos hombres y mujeres más libres e
independientes, más justos y más curiosos con el mundo que nos rodea.
Fuentes: Entrevista con sus familiares
[H. F. P.]
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